La estimulación temprana consiste en una práctica relativamente joven de no más de 40 años, que ha tenido diferentes desarrollos de acuerdo a los modelos teóricos que la sustentaron y/o objetivos que con la misma se perseguían.

El enfoque al que adherimos la circunscribe a “una práctica clínica en relación a bebés de 0 a 2 años de edad, que por alguna razón pre, peri o postnatal presentan un trastorno en su desarrollo”.

Podemos clasificar en cuatro a los factores que pueden alterar el desarrollo normal de un niño en esos primeros dos años de vida.

Pueden deberse a: lesiones directas en el Sistema Nervioso, lesiones indirectas producidas por enfermedades en otros órganos, alteraciones genéticas y por último las producidas como consecuencia de factores ambientales. Aquí no nos referimos solamente a la hipoestimulación, es decir cuando hay falta de estímulo, sino también a la hiperestimulación, o sea al exceso.

En el contexto de estas patologías es que surgió la llamada Estimulación Temprana como indicación terapéutica específica. Sin embargo esto no invalida que actualmente podamos emplear el término Estimulación para todas aquellas prácticas referidas a favorecer el desarrollo integral del bebé.

Ahora bien, ¿para qué estimular a todos los niños? ¿cómo intervenir desde un punto de vista educativo?

Vayamos por partes: ¿Para qué estimular?

Existe un fundamento biológico ineludible. El sistema nervioso nace inmaduro y no completa su proceso de maduración hasta el segundo año de vida aproximadamente. De esta manera brinda la oportunidad única de recibir en su desarrollo la influencia de la acción educativa. Otro fundamente ineludible: el vínculo especial que se genera entre la mamá y el bebé. Todas las mamás le cantan a su bebé, pero seguramente todas cantarían con mayor placer si supieran que el cerebro del bebé percibe mejor las melodías que las palabras.

¿Cómo intervenir?

Entendemos por estímulo a todo lo que el bebé percibe a través de sus sentidos, y más que eso. Los sentidos constituyen en esta etapa los instrumentos por excelencia de la inteligencia, aunque no debemos ignorar que los procesos inteligentes no son los únicos que se están desarrollando. A esta edad los procesos están tan imbricados y relacionados entre sí que resulta difícil e impropio discriminarlos. La dimensión cognitiva, social y afectiva son parte indisociable del desarrollo del bebé.

Para intervenir es necesario conocer las etapas evolutivas por las que el bebé atraviesa, así sabremos qué estimulación es apropiada, tanto en calidad como en cantidad. No olvidemos que el exceso es tan nocivo como la falta.

El vehículo esencial es el juego y el juguete. Cuando hablamos de juego y juguete no nos estamos refiriendo únicamente ni a un juego reglado ni a un juguete comprado. Por ejemplo, para un bebé de 3 meses que manifiesta una clara “preferencia visual” por los rostros humanos en detrimento de los objetos, no habrá juego más apropiado que permitir o incitar a que toque con sus manitos el rostro de su mamá.

Nos detendremos en este ejemplo para entender la imbricación mencionada de las áreas. El bebé pone en juego sentidos como la visión y el tacto. Ambos se “ponen en acción” por una motivación afectiva como lo es acercarse a mamá. Al tocarla, la estimulación no se agota en la percepción táctil que beneficiosamente se produce, sino que dicha percepción además provoca gratificantes y mutuas sensaciones de placer entre la mamá y el bebé, que incitan a nuevas caricias.

Observemos que este “juego” que perseguía la estimulación de la inteligencia terminó siendo llamado “caricia”.

Nuestro trabajo con padres es guiado por la premisa de que el vínculo es el riel por donde transita el aprendizaje. Para aprender es imprescindible contar con las fortalezas afectivas que se construyen en la familia, y con éstas como cimientos, desarrollar en forma óptima las potencialidades cognitivas. La estimulación, si bien no lo es todo, constituye el primer eslabón en toda la historia del desarrollo del niño.

Para finalizar me complace citar el pensamiento de San Agustín, tan antiguo como vigente: “El juego es eminentemente educativo en la medida en que es el resorte de nuestra curiosidad por el mundo y por la vida, el principio de todo descubrimiento y de toda creación.”